domingo, 14 de enero de 2018

La bailarina del viento

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Su caminar era ágil, rápido, elegante. No invitaba a la prisa, sino a la danza.

Sus movimientos parecían naturales y espontáneos aún dentro de una estudiada coreografía en la que su pelo y las telas jugaban con el viento.

Era fascinante ver cómo su vestido cambiaba de forma y de color, hasta de modelo, sin apenas una pausa que diera a pensar que no iba todo enlazado.

Iba y venía, paseando con sus pies descalzos sobre los guijarros calientes a la orilla del mar, y jamás resbalaba o daba un paso en falso. Parecían conocerse muy bien, y alegrarse de la mutua presencia.

En apenas dos minutos, contó su historia, recogió algún aplauso, vendió alguna de sus prendas, y su petate y ella marcharon con la misma volatilidad con la que llegaron, para alegrar el día a otros visitantes del lugar.

Gracias por un espectáculo tan inesperado como inspirador.

domingo, 7 de enero de 2018

El brindis.

Adeline y Sophie pidieron una botella de champán. No les importó que el sitio no fuera el más caro o reputado de la ciudad. Se encontraban tan ilusionadas con sus recién estrenadas vacaciones que una franquicia de restaurante asiático les pareció el mejor lugar del mundo para celebrar.

Llamaban la atención, no sólo por su extraña petición, sino por ellas mismas, por la luz que irradiaban, y el misterio que transmitían.

Sophie era menuda, de rasgos finos, elegante, delgada, con un cuerpo firme aún sin llegar a marcar la musculatura. Le encantaba presumir de su piel morena y su larga y lustrosa melena.
Era una chica de 17 años con un porte que prometía conseguir cualquier cosa que se propusiera. El chic francés se le salía por los poros.

Posaba para su móvil y subía sus mejores fotos a Instagram mientras Adeline la observaba.
Contrastaba con su amiga mulata y conjuntaba a la perfección.

Era de corte corpulento, pero no era una chica entrada en carnes, o desgarbada. Simplemente, era más grande, rotunda, y de formas más blandas y redondeadas que su amiga.
Su cara de luna blanca contenía unos pulposos labios rojos que sonreían ante las muecas de Sophie, y sus bonitos ojos azul cristal se escondían bajo la capota heredada de los parpados de su madre holandesa. Tenía un par de años más que Sophie, y muchos sueños por cumplir, aunque no se veía capaz de alcanzar ni la mitad de ellos.

Sophie y Adeline habían estado planeando este viaje durante meses. Les apetecía pasar el fin de año en otro pais, donde nadie las conociera, ni ellas conocieran a nadie, para ser totalmente libres, como decía Sophie; o para declararse, como pretendía Adeline. No sabía si se atrevería finalmente, pero pasar cinco días a solas con aquella diva a la que adoraba le valía para gastarse todos los ahorros de los que disponía en ese momento.

Para Sophie era diferente. Venía de familia adinerada, y todo le resultaba más sencillo a nivel económico, pero su frialdad escondía mucha soledad, y más de un secreto familiar que había que guardar bajo siete llaves.
Ella desconocía los sentimientos de su amiga hacia ella, o fingía hacerlo. Le gustaba dejarse querer, pero no tenía una postura clara al respecto. Le gustaba jugar en esa tierra de nadie en la que se había instalado su relación.

-"¡Brindemos!"- dijo Adeline.
-"¡Por...!¿por qué?"- y las carcajadas se oyeron desde la mesa del fondo.

Daba igual por qué brindaran. Eran jóvenes, bellas, tenían sueños, y una amiga enfrente. Brindemos por ellas. Por Adeline y por Sophie. Por la amistad, por las mujeres, por el amor, por la aventura, por vivir. Por este nuevo año que acaba de comenzar.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Me pierdo.

Me pierdo en el vermut, y en el cognac del brillo de tus ojos cristalinos,
en las palabras inconexas de tu discurso, con más sentido que aquello que llaman realidad.

Me pierdo en las noches de bohemia improvisada, en la compañía de amigos desconocidos,
en la luz de las farolas y el cobijo de los antiguos soportales de hierro forjado.

Me pierdo en el vino y en el pan, en el calor de un hogar de pago, y en el arte del mesonero que nos alimenta y comparte nuestras risas en noches largas que se hacen cortas.

Me pierdo, contigo, con la musa, conmigo, donde sea y cuando sea, porque lo bueno siempre llega sin ser planeado, sin vestido de fiesta, fanfarria, ni boato.

Me pierdo en la sencillez del simple vivir, del caminar al lado, de compartir el viaje, aunque sea un ratito, aunque no te conozca, si nos acompaña la buena fé.

domingo, 24 de diciembre de 2017

El Regreso

Le prometí regresar pronto, con plena intención de hacerlo. No pusimos fecha, sólo fue un "pronto".
Me comieron los problemas y las excusas, los días pasaban, y su energía se iba apagando.
Me aferré a su recuerdo, a nuestros días juntas, a todo lo vivido, que fue bonito y grande, luminoso y mágico.

El frío fue llegando, y cada vez la distancia se hacía más grande. ¿Habría sido una tormenta de verano?¿Un resplandor en un día nublado? Mis entrañas me decían que no, que aquello era auténtico, y lo verdadero es eterno. Sólo necesita su momento.

Estaba rellenado un formulario, y me tropecé con su nombre. Brotó una sonrisa en mis labios, volvió el brillo a mis ojos, y el calor a mi corazón, aunque fuera estaba helando.
Ella seguía esperándome.

Era el momento de volver. Era tiempo de empaquetar miedos e ilusiones, y emprender ese viaje, aún sin saber si retornaría a mi antiguo hogar, o aquél sería un viaje sólo de ida hacia mi nueva vida.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Víctimas y cómplices.

Yo también estuve allí, tirada en el barro, intentando recomponer la escena, averiguar qué había sucedido, en qué punto la situación se me había ido de las manos y pasé a ser una mera muñeca de trapo.

Era mi amigo, pensaba, se suponía que debía cuidar de mí, no dañarme.
Se suponía que ni siquiera debería pasárseme por la imaginación que pudiera hacer algo semejante, porque, de pensarlo, no sería mi amigo, sino un enemigo a abatir.

Todo parecia un mal sueño.
Pensé que quizá fui yo quien se insinuó, pero me extrañaba, porque ni siquiera me atraía. Era mi amigo, sólo mi amigo. Tanto, como mi amigo.

Creí que, pese a eso, pude tener un lapsus, y decir que sí a su propuesta; pero, de haber sido así, no hubiera habido sorpresa y desconcierto, sino arrepentimiento.

Quizá no pasó nada de eso, y directamente se lanzó sobre mí. ¿acaso no le dije que no?¿Me imaginé hacerlo? Yo me oí, ¿por qué él no me oía?¿O acaso no escuchaba?¿O no quiso escuchar?

¿Por qué no peleé?¿O lo hice? Recuerdo mover mis brazos y piernas, pero las fuerzas no me respondían, y todo estaba nublado. Quizá la última bebida llevaba un extra no deseado ni pedido.
Taquicardias, debilidad, y dolores de cabeza sospechosos quizá querían decir algo más que trauma.

Terminó, y sólo acertó a decir: "Levántate, te acompaño a casa.". Frío, distante, sin mirarme siquiera, como si no hubiera pasado nada.
Enmudecí. Estaba paralizada. Yo no era yo, había salido de mí para soportar aquello. Llegué a casa, me duché, me acosté, pero no dormí. Ya no dormí en mucho tiempo. Tampoco fui yo en mucho tiempo. No confié en mucho tiempo. Me sentí culpable mucho tiempo, sin entender que la víctima fui yo, y su cómplice, mi silencio.

*Para todas aquellas mujeres y hombres que alguna vez han sufrido abuso dos veces., cuando lo sufrieron, y cuando se les cuestionó, incluso desde su propia persona.
Porque la violencia sucede cada día.
No es No.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Sólo una gota

Diluvió, y arrasó con todo.
Rompió árboles, inundó calles, embarró ciudades, y dejó frío y desolación al paso, junto con una gran sensación de vacío.

Poco a poco, ese agua se fue evaporando, aunque algunas noches nos visitaba la llovizna, cada vez menos frecuente.

Llegó el momento en que brillaba el sol, y nos cayeron algunas tormentas de verano,  fuertes, estruendosas, abundantes, cortas, y con relámpagos como acompañamiento.
Encontramos cobijo al calor del hogar y de los amigos, pero podíamos sentir la humedad muy cerca.

Una de esas tormentas se llevó consigo un viejo dique que nadie reparará. Lo echaremos de menos, y nos acostumbraremos a ver fluir el agua por ese nuevo río.

Siguen cayendo gotas, de vez en cuando, unas más grandes, más agresivas, otras mas finas y sutiles, pero que te acaban calando.

¿Cuál será la gota que colme el vaso? Gota a gota, nos vamos rebosando, como hace el agua, de forma silenciosa y discreta, sin apenas percibirlo, llegará el desbordamiento, y tendremos que aprender a nadar en corrientes salvajes y desconocidas, intentando regresar a una orilla, o llegar a un lugar seguro en medio del cauce.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Si mi hermano dejara de ser mi hemano.

Si mi hermano un día me dijera que no quiere ser mi hermano, me dolería, pero lejos de gritarle que esto es lo que hay, intentaría que nos guardáramos el orgullo en un bolsillo, y nos sentáramos a hablar.
Me gustaría saber qué le lleva a decir eso, qué es lo que piensa, pero, sobre todo, qué es lo que siente para tomar una postura tan dura y tajante.

Puede que le entienda más o menos, que esté de acuerdo o no. También puede que él intente entender mi postura, o se atrinchere en la suya, pero, en cualquier caso, hay que encontrar una solución que haga el menor daño a ambas partes.

Si mi hermano me dijera que no quiere ser mi hermano, pondría de mi parte para lograr un acercamiento. No le daría todo, como a un niño mimado, pero sí consideraría algunos puntos si están en mi mano. Él también debería flexibilizar su postura, obviamente. En una negociación hay que hacer concesiones, todos. Es incómodo, requiere humildad, sacrificio, y solidaridad, y no siempre es fácil.

Tampoco hay garantías de que vaya a salir bien o mal, no sabemos cómo nos irá en adelante, juntos o separados, pero si hay que dejar de llamarse hermanos, aunque lo seamos en principio, habrá que hacerlo con delicadeza, y con mucho respeto, para el que se siente hermano, y para el que no. Básicamente, porque el sentir es algo visceral, y más que entenderlo, hay que comprenderlo y respetarlo.
No se hablará jamás de vencedores y vencidos. Cuando dos elefantes se pelean en la selva, pierde hasta el suelo que los sujeta. No se trata de medallas, se trata de seguir viviendo, y conviviendo, que es lo más importante, desde el sentido común, y el respeto hacia ambas partes.

Si mi hermano dijera que no quiere ser mi hermano, sentiría un profundo dolor, desconcierto, y pérdida, pero intentaría recordar que somos familia, que aunque él no se sienta mi hermano, yo puedo seguir sintiendo que sí lo es, y todo estará bien mientras uno no intente imponer al otro cómo debe latirle el pulso; que hay un cariño y un mundo compartido, aunque en ese momento él no lo sienta así, o no lo sienta de la misma forma.

Todo eso, si mi hermano dijera que no quiere ser mi hermano, y no fuera todo un teatro de guiñol dirigido por intereses creados, con suma crueldad.