domingo, 10 de diciembre de 2017

Sólo una gota

Diluvió, y arrasó con todo.
Rompió árboles, inundó calles, embarró ciudades, y dejó frío y desolación al paso, junto con una gran sensación de vacío.

Poco a poco, ese agua se fue evaporando, aunque algunas noches nos visitaba la llovizna, cada vez menos frecuente.

Llegó el momento en que brillaba el sol, y nos cayeron algunas tormentas de verano,  fuertes, estruendosas, abundantes, cortas, y con relámpagos como acompañamiento.
Encontramos cobijo al calor del hogar y de los amigos, pero podíamos sentir la humedad muy cerca.

Una de esas tormentas se llevó consigo un viejo dique que nadie reparará. Lo echaremos de menos, y nos acostumbraremos a ver fluir el agua por ese nuevo río.

Siguen cayendo gotas, de vez en cuando, unas más grandes, más agresivas, otras mas finas y sutiles, pero que te acaban calando.

¿Cuál será la gota que colme el vaso? Gota a gota, nos vamos rebosando, como hace el agua, de forma silenciosa y discreta, sin apenas percibirlo, llegará el desbordamiento, y tendremos que aprender a nadar en corrientes salvajes y desconocidas, intentando regresar a una orilla, o llegar a un lugar seguro en medio del cauce.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Si mi hermano dejara de ser mi hemano.

Si mi hermano un día me dijera que no quiere ser mi hermano, me dolería, pero lejos de gritarle que esto es lo que hay, intentaría que nos guardáramos el orgullo en un bolsillo, y nos sentáramos a hablar.
Me gustaría saber qué le lleva a decir eso, qué es lo que piensa, pero, sobre todo, qué es lo que siente para tomar una postura tan dura y tajante.

Puede que le entienda más o menos, que esté de acuerdo o no. También puede que él intente entender mi postura, o se atrinchere en la suya, pero, en cualquier caso, hay que encontrar una solución que haga el menor daño a ambas partes.

Si mi hermano me dijera que no quiere ser mi hermano, pondría de mi parte para lograr un acercamiento. No le daría todo, como a un niño mimado, pero sí consideraría algunos puntos si están en mi mano. Él también debería flexibilizar su postura, obviamente. En una negociación hay que hacer concesiones, todos. Es incómodo, requiere humildad, sacrificio, y solidaridad, y no siempre es fácil.

Tampoco hay garantías de que vaya a salir bien o mal, no sabemos cómo nos irá en adelante, juntos o separados, pero si hay que dejar de llamarse hermanos, aunque lo seamos en principio, habrá que hacerlo con delicadeza, y con mucho respeto, para el que se siente hermano, y para el que no. Básicamente, porque el sentir es algo visceral, y más que entenderlo, hay que comprenderlo y respetarlo.
No se hablará jamás de vencedores y vencidos. Cuando dos elefantes se pelean en la selva, pierde hasta el suelo que los sujeta. No se trata de medallas, se trata de seguir viviendo, y conviviendo, que es lo más importante, desde el sentido común, y el respeto hacia ambas partes.

Si mi hermano dijera que no quiere ser mi hermano, sentiría un profundo dolor, desconcierto, y pérdida, pero intentaría recordar que somos familia, que aunque él no se sienta mi hermano, yo puedo seguir sintiendo que sí lo es, y todo estará bien mientras uno no intente imponer al otro cómo debe latirle el pulso; que hay un cariño y un mundo compartido, aunque en ese momento él no lo sienta así, o no lo sienta de la misma forma.

Todo eso, si mi hermano dijera que no quiere ser mi hermano, y no fuera todo un teatro de guiñol dirigido por intereses creados, con suma crueldad.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Gracias, señora Chen.


La señora Chen atiende tras un mostrador,
su voz me trae sonidos de tierras lejanas.
No entiendo las palabras, pero sí la melodía. Tiene tanta belleza que es imposible no dejarse llevar por ese cantar.

Ella apenas se da cuenta de cómo se transforma en un ave, pequeña y dulce,
cómo los años de trabajo resbalan por su espalda para dejar ver su envolvente luz, su aspecto real,
joven y alegre.

-"¡Qué bonito cantas!"- le digo con una sonrisa,
-"¡Oh!, es una canción muy vieja."- se disculpa ella, sin apenas darse cuenta del regalo que ha sido poder escucharla.

La señora Chen vuelve a sus tareas, esconde sus ojos tras la caja registradora, y los albaranes absorben su atención. Quizá sólo se protege al haberse visto descubierta. Quizá sea tristeza por sus recuerdos, o por aquello que podría haber sido y no fue.

No sé si alguna vez habrá pisado algún escenario, si su canto, afinado y cálido, fue popular, pero agradezco formar parte de un público minoritario y selecto que se encontró un pequeño diamante al entrar en un bazar.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Hagamos un pacto.

Me hace cierta gracia escuchar la canción de Pau Donés cuando dice "ahora que el ahora es lo único que tengo", como si alguna vez hubiéramos tenido algo más, como si el mañana existiera.

El mañana es una utopía, una ilusión, un amparo para dejar las cosas por hacer, o para reconfortarnos ante un mal momento. Puede estar o no, por eso cada día debe ser redondo, con principio y final, y no dar nada por sentado.

Por eso te propongo un pacto, el pacto del ahora.
Cada día te preguntaré: ¿quieres estar conmigo hoy?, a lo que responderás libremente sí o no. Sin dolor, sin culpa, ni pena.
Si fuera un sí, me quedaré, y viviremos ese día juntos, ya sea bueno, malo, o no sea.
Si fuera un no, te daré las gracias, y esperaré a ver un nuevo amanecer para volver a preguntarte. Cuando sume varios noes, dejaré de insistir. La pelota quedará en tu tejado entonces.

Puede que llegue el día en el que caigamos en la comodidad de la rutina, del presuponer que estaremos ahí cada vez que abramos los ojos, y mientras funcione, estará bien. Será un pacto tácito. Confiaré en que sean tus ojos quienes me digan ese sí sin preguntar.

Pero si me dijeran que no, o existiera una duda, las palabras brotarán de mis labios para formular la pregunta que nos trajo hasta aquí, para que tu voz confirme o desmienta mi sospecha,
y,  aunque duela, tenga que escuchar algo que nos rompa: hoy no quiero estar contigo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Mi luna

Dentro de mí vive una luna, que crece y que mengua, que enloquece y aconseja.

A veces se vuelve oscura y pequeña. No piensa, pero ve con claridad lo que a los ojos se esconde.
No es momento de acción, sino de orden, de silencio, y de decir adiós a lo que ya no sirve. Es tiempo de mudar la piel, y también de mimo, y de descanso.

No se mantiene siempre igual, le gusta cambiar, y crece, aprende a caminar, se enfoca en nuevos objetivos. Estudia, aprende, y le da forma a sus proyectos. Es trabajadora y alegre, investiga y construye.

Le gusta celebrar cuando se siente llena y redonda. Se pone bella, llama a sus amigos, comparte, se divierte, revela su proyecto y su ilusión. Es espléndida, generosa, alocada, coqueta, parlanchina, enérgica y expansiva.

Pero no todo es siempre perfecto y lo sabe. Tras la fiesta hay que recoger los platos sucios y las copas rotas, hacer inventario, reorganizar las tareas, y desechar viejos contactos o proyectos que no llevan a ningún lado. Sin rencor, sin ira, porque puede llevar a la autodestrucción. Sólo se trata de reubicarse, discretamente, sin hacer ruido, sin publicarlo, buscando de nuevo ese consejo interior.

Es el momento de ir pensando en volver a la luna negra, de tomarnos de nuevo un momento de recogimiento, y hacer que el ciclo continue, tan necesario como las mareas.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Lluvia de niños

Yo quiero un cielo verde de nubes rosas, acariciado por las copas azules de los árboles amarillos.
No quiero normas en los pinceles, ni que otros elijan por mí lo que yo pinto.

Yo quiero un mundo abierto con muchas ventanas, que contemplen las distintas realidades de cada uno, con sus filtros y su forma de entenderlo y expresarlo, de sentirlo y proyectarlo sintiéndose libres, y no juzgados, condicionados y sesgados por lo tangible.

Yo quiero lluvia de confeti, relámpagos de serpentinas, y sirimiri de purpurina, que me moje la cara y me la adorne por semanas, que me haga brillar de colores, y contagie a otros cuando estornude de risa.

Yo quiero un paraguas con agujeros, que sólo deje pasar la luz y lo bueno, y que haga rebotar aquello que te roba la alegría.

Yo quiero bailar con katiuskas que parezcan de cristal, transparentes, que lleven ribetes de agua con peces de plástico que naden dentro, que no den calor ni frío, y que se sientan naturalmente atraídas por saltar en cada charco de hojas de otoño.

Yo quiero escuchar la música del viento, el cantar de los pájaros, y el bulle-bulle de las cocinas, todo en sinfonía de patio de vecinos, como cuando éramos niños.

domingo, 29 de octubre de 2017

Manos de luz.

Hay personas que tienen rayos de luz en sus dedos, y que te prenden cuando te tocan,
conectan tu corriente, y tu corazón y tus ojos se transforman en faros,
todo se vuelve más nítido entre sombras difusas de color, manchas sin forma con mucha información.

Puedes ver la energía en movimiento, todo es más ligero y amable, oyes reír al viento, el ruido ya no está, no existe, y su tacto es suave y juguetón, como el de la caricia de un niño con manos templadas y amorosas.

Dentro de esa nube que se ha creado a tu alrededor, tienes por fin la certeza de que, en cualquier momento, en cualquier lugar, alguien de tu tribu aparecerá en tu camino, y volverás a sentir el calor que ya no reconocías dentro. Alguien que, como tú, creía estar solo y perdido en un lugar a veces demasiado desconcertante, y ambos sonreiréis al reconoceros como iguales.

Sólo es cuestión de tiempo encontrarse.