domingo, 15 de enero de 2017

Muerte por celular

Hace un par de días casi me atropellan por ir mirando un móvil, un puto móvil, al que alguien habría enviado un mensajito tan urgente que la propietaria del teléfono no podía esperar a leer hasta tener el coche parado, no.

¿Qué hubiera pasado si no llego a tener reflejos?¿Qué hubiera pasado si en vez de yo, hubiera sido un niño pequeño o una persona con poca movilidad?

Estoy muy harta de esa malentendida inmediatez que nos aporta la tecnología. Ya lo dije una vez, nos testamos volviendo más tontos por segundos, unos más que otros, todo hay que decirlo.

Que un aparatito nos permita llevar con nosotros toda la información que necesitamos, y toda aquella que no, que suele ser la más distrayente, no quiere decir que no podamos sacar los ojos de la pantallita, más, cuando llevamos un vehículo entre las manos que pesa del orden de 1000 kilos, y con el que puedes matar a otra persona, ya vaya dentro de tu coche, o camine por la calle, y por donde tiene preferencia, además, con buena visibilidad, de día, y con distancia suficiente, porque, señora mía, si yo hubiera estado donde usted decía que estaba en el momento que comencé a cruzar, no hubiéramos acabado discutiendo a grito pelado en la calle, sino usted en comisaría y yo en urgencias, o en la funeraria, porque me habría pasado las 4 ruedas por encima.

Además de distraída, soberbia. Mucho mejor hubiera quedado si reconoce el error y pide disculpas, y no con un "te aguantas" de coletilla. La próxima vez, lo mismo se queda sin intermitencias, sin faros, sin limpiacristales, sin retrovisor,..., o hasta sin coche y sin carnet por atropellar a alguien, y se aguanta usted.

miércoles, 11 de enero de 2017

Sobre los propósitos de año nuevo...

Todos sabemos qué son los propósitos de año nuevo, esos planes que dices tener, algunas veces con la boca pequeña, para el nuevo año, y cuya intención de cumplirlos está por demostrar.

Sin embargo, hay personas que sí se toman en serio estos planes, y también tienen su importancia. Son el resultado de un año de bagaje y una serie de experiencias que te ponen en la tesitura de hacer cambios con tu vida, porque, no nos engañemos, cada propósito incluye un deseo más o menos tácito de reorientar tu camino, en una o más áreas de tu vida.

Por esta misma razón, creo que no siempre los propósitos de año nuevo te llegan exactamente el 31 de diciembre o el 1 de enero. A veces el 20 de diciembre ya tienes clara tu nueva dirección, y empiezas a trabajar en ella, y otras no te llega hasta unos días más tarde de haber comenzado el año. Cada cuál tiene su ritmo, debemos escuchar nuestro propio pulso, hacer caso al instinto. En el fondo, sabemos cuándo es o no el momento de saltar, sin calendario, sin presión externa o interna. Algo nos dice que es en ese punto en el que cambias de carril, y comienzas tu andadura sin mirar atrás, y sin pensar qué se quedará en el viaje, porque algo siempre se pierde, es inevitable, y necesario.

Asumir que harás cambios, que quieres hacerlos, y que no tienes ni idea de dónde te llevarán tus propios pies puede dar vértigo en muchos momentos. En otros, es una bomba de oxígeno. Llegó el momento de quemar puentes si fuera necesario, o de conservarlos si así se logra tu evolución, mientras vayan acordes a tu nuevo yo, y a tu nueva vida.

Yo comienzo a caminar, espero veros por el camino.
Feliz 2017.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Oh, Brother!

Siempre quise tener un hermano.
Es más, siempre he tenido la sensación de que el mío se perdió por el camino. Que tendría que haber llegado conmigo, o poco después, pero no sé porqué razón, quizá por mi propio ímpetu, no llegó a hacerlo.

Quizá hubiera tenido que, incluso, venir varios años después que sus hermanas, pero algo se lo impidió.

Quizá sólo sean imaginaciones mías, o sensaciones propias, pero echo de menos a un hermano que nunca tuve.

Me hubiera gustado tener ese hermano varón para que me diera otra visión del mundo desde la perspectiva de unos ojos masculinos, cercanos, y sinceros, sin tapujos, y hasta con cierta malicia, como hacen los hermanos cuando juegan a cuidarse sin que se les note.

Habría sido muy reconfortante saber del sentir de una persona del otro género a quien pudiera preguntar sin tabúes y, a la vez, poder ayudarle en su relación con las mujeres. Creo que ambos habríamos salido ganando.

Nunca sabremos a ciencia cierta, la razón de su no llegada, pero espero que su alma encontrara una familia donde crecer y desarrollarse como persona.

A veces me imagino que, incluso, nos conocemos, que es algún amigo mío, y que andamos camuflados bajo nuestra propia identidad, esperando que nos den permiso para revelar quienes somos y por fin soltar unas buenas risas y darnos un abrazo tras ganar el concurso.

Estés donde estés, te quiero, hermano. Sé feliz.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Cuesta arriba

Hace calor para estas alturas de diciembre. Al menos, cuando te toca caminar media horita a mediodía cargada hasta las orejas con una mochila algo pesada, y más ropa de abrigo de la que necesitas. Pero claro, de haber sabido que la moto te iba a dejar tirada, habrías elegido otro atuendo y replanteado tu carga.

No estaba precisamente de buen humor, ni de malo. Sólo cansada de un mes interminable, de un año pesado como la condena de Sísifo, al que hasta el último minuto parecen salirle nuevos pelos en la nariz, feos y molestos. No te matan, pero te incordian y te dan trabajo extra.

Y te ví, o eso creía yo. El gesto se me cambió de forma automática, antes de darme cuenta de que no eras tú, pese a que miré a aquél hombre joven varias veces para asegurarme de su identidad.
El yo que creía que eras tú reaccionó antes de que pudiera echarle el freno.
Pensó que, una vez más, aparecías con tu impecable aspecto y tu sonrisa, con esa presencia que encaja genial en cada foto, mientras que yo estaba hecha un cuadro, con ropa vieja de deporte, despeinada, y cansada. Esa desigualdad que tanto te divertía, y que a mí me sacaba tanto de quicio, porque también tengo un yo divino, un estilo impoluto, y un aspecto radiante en más de una ocasión, pero coincidíamos poco cuando podía jugar en igualdad de condiciones.

Eras tú. Podrías haber sido tú, aunque, ¿qué narices hacías o harías tú allí? No era tu escenario, ni siquiera era tu edad.

Entonces me di cuenta de dos cosas: del tiempo que hace que nos conocemos, del tiempo que esta historia da vueltas, de los años que nos hemos perdido juntos, y de que me hubiera gustado que fueras tú, aún hecha un desastre, porque jamás me lo echaste en cara. Era yo tirándome piedras en mi propio tejado.

Aún tenemos pendiente ese café.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La bolsa

Me senté en un banco de aquella plaza para recomponerme.
Tras una mañana intensa de gestiones y compras, necesitaba hacer recuento de tareas, adquisiciones, tickets, y hasta efectivo disponible en la cartera.

Unos niños jugaban alrededor. Ya no es fácil ver niños jugando entre ellos, todos parecen más entretenidos escondiendo la cabeza tras la pantalla de móviles y tablets, pero me sacó una sonrisa ver que aún hay esperanza para las nuevas generaciones.

Algo sucedió durante el juego, y, cuando me quise dar cuenta, uno de los niños corría hacia una bolsa que parecía dejada por descuido, o por incivismo, fuera de un contenedor. Vi cómo su pierna retrocedía, el talón se alzaba, y cogía impulso para propinarle una estupenda patada a aquél objeto abandonado, sin motivo alguno, más que la naturaleza impulsiva de esa edad.

Noté cómo se me aceleraba el pulso y se me cortaba la respiración, me vi a mi misma saliendo de mi cuerpo, gritando ¡NO!, advirtiéndole del peligro, mientras esperaba el estruendo que precede al pitido de oídos, a la tierra ejerciendo como proyectil contra nuestras caras y cuerpos, al destrozo que provoca un explosivo.

Recordé en un momento todas las advertencias que nos hacían cuando yo tenía la edad de estos chicos: no golpees las papeleras, no des patadas a ninguna bolsa o bote abandonado, no recojas mochilas que no conozcas ni les des ningún golpe, aléjate de los coches de policía cuando veas 2 o 3 aparcados juntos y varios agentes, pasa de largo si te encuentras con alguna detencíón, cambia de dirección si es preciso y evita mirar fijamente la escena, ...

El pie del crío alcanzó la bolsa, y sólo salió un montón de basura de ella, pero podría haber sido mucho peor.

Yo fui niña en los 80, y aún hoy lo soy por un segundo. Un segundo de terror.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Reencuentro

A veces la vida da tantas vueltas para acabar en el mismo punto, que ni sabes cómo lo hace.

Esa mañana no estaba yo en mi mejor momento. Mala noche, algo de frío, y poco descanso durante la semana, pero me puse mi mejor cara, y me fui a trabajar, aún teniendo que madrugar un poquito más que el resto de días. Sarna con gusto no pica, dicen por ahí.

Respecto a lo que eran "mis labores", terminé pronto. Es lo que tiene formar parte de un equipo en el que tienes que actuar antes de que lo hagan los demás, preparar el terreno y luego, hasta pasado un tiempo prudencial, no es necesario revisar si hace falta retocar algo.

Cuando llegó el segundo equipo, algo me resultó familiar, pero no fui capaz de reconocerte, por eso me alegré tanto cuando tú te acercaste y me diste datos tan concretos que pude dibujar una fotografía en mi mente, y retrotraerme hasta hace 8 años, cuando trabajamos juntos durante unos meses. Fue muy bonito ese breve reencuentro, porque te tengo mucho aprecio. Confiaste en mí sin conocerme, y me hiciste muy fácil el camino en un momento en el que mi vida hacía juegos malabares, y mi tiempo era caótico.

Sin embargo, me apenó ver ese halo de tristeza cuando hablabas de lo que habías conseguido en ese tiempo; o, mejor dicho, de lo que no habías conseguido, y considerabas aquello a lo que no habías llegado un posible "éxito".

Me encogió el corazón ver que, esa persona tan buena que me había encontrado una vez, se había dejado engañar por el convencionalismo y las voces externas, e intentaba justificarse. Me pregunto si realmente para ti eso era el triunfo, porque creo que no, y espero que alguna vez podamos hablar un poquito más, y descubrir qué es para ti el éxito, y, sobre todo, valorar lo que sí has conseguido, lo que tienes en tu vida, y todo aquello que te hace sonreír.

Un abrazo, compañero.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Los 40

Hay mucha gente que se agobia con la llegada de su cumpleaños número 40. Es como si se les agotara el tiempo, y como si tuvieran que demostrar al mundo que se merecen ser respetados, pese a llegar a tan ignominiosa edad, por haber hecho las cosas bien, cumplir con determinados cánones y buenas costumbres, y poder lucir méritos en su medallero personal.

Sin embargo, no es tan fiero el león como lo pintan. Es más, para mí fue un momento de catarsis liberador.

Fue cumplir 40 años, y es como si me quitaran una mochila de encima, pese  que mi vida no es, ni ha sido, ni será, algo parecido al convencionalismo.

Se me fue toda la tontería de golpe, me dejaron de preocupar temas que, durante años, incluso décadas, ocupaban gran parte de mi tiempo y mi energía. El no estar perfecta, el cumplir ciertos protocolos para agradar en determinados ambientes, el emitir opiniones dispares que sabía de antemano que no eran lo que se esperaba y que, incluso, podría crispar los nervios de algún enfermo de susceptibilidad, pasaron de ser motivo de estrés a ser motivo de diversión. Tampoco es que buscara una posición políticamente incorrecta, pero dejé de fustigar mi propia naturaleza, de por sí, irreverente y rebelde.
De estar pendiente de pasar revista y que me aprobaran, pasé a ser yo la que buscara la reacción ajena, y aceptarla, fuera la que fuera.

No es que me haya preocupado mucho el cumplir con la expectativa ajena sobre mi persona, pero a todos nos gusta ser aceptados, y, a veces, invertimos demasiado esfuerzo en querer colarnos en una fiesta en la que, seamos honestos, sabemos que nos vamos a aburrir soberanamente. Llegar a los 40 también fue elegir el barecito de enfrente, mucho más sencillo, y con un ambiente más ameno, a ese club de pacotilla y humo.

Te vuelves más natural, más sincera contigo misma, eres tu mejor amiga, te entiendes más, te aceptas tal cual eres, y te ríes de tus propias miserias. La relación con tu cuerpo se torna más relajada, más amable, y piensas en cuánto daño te has hecho a ti misma, prohibiéndote determinadas cosas, y castigándote cada vez que te saltabas unas absurdas normas autoimpuestas. Aprendes a divertirte con tus propios defectos, y a mejorar lo que se puede mejorar, con sensatez, y, sobre todo, porque tú quieres, pero no porque no te sientas bien por no ser ya como te gustaría llegar a ser.

Tus relaciones con los demás tampoco escapan a ese cambio. Seleccionas más, haces limpieza de armarios, y, pese a que sigues abierta a conocer a nuevas personas, no le abres la puerta de par en par a cualquiera, aunque puede que sí se la cierres a algunas viejas amistades que dejaron de serlo hace años.

Asumes tus pasos, incluso los erráticos, y tus decisiones. Aceptas que te equivocaste, y hasta puedes encontrar alivio en no sentir la necesidad de disculparte o reparar ciertas cosas. Hay circunstancias que prescriben por sí mismas, lo hecho, hecho está, y no hay más vuelta. Pasó, y ya. Ahora es cuando comienzas a caminar sin lastre. Si otras personas quieren seguir enredadas en esa madeja, es asunto suyo, no tuyo. Si quieren aclararlas, y te apetece, perfecto, hazlo; si no, deja clara tu posición, con calma y educación. 

Has llegado a respetarte y a verte, que no es moco de pavo.Y, lo más bonito, a dejar que te vean, sin miedos, sin filtros, sin tapujos. 

Quien quiera caminar contigo, será bienvenido. Quien te reclame deudas antiguas y critique tu nueva actitud, no merece espacio en tu vida. Recuerda, el reloj sigue avanzando, y tienes muchos cosas que descubrir aún en tu propia compañía, ahora que, por fin, la has encontrado.

¡Felices 40!