viernes, 6 de septiembre de 2013

El chico de la perilla

Tenía el gesto mohíno. Estaba sentado sobre los brazos del sillón de la entrada, con los brazos cruzados y las piernas extendidas todo lo largo que era a juego, mientras parecía hipnotizado por uno de los botones de su camisa.

Al verle, sonreí. Era un elemento que me inspiraba cierta ternura, siempre me daba juego su presencia.

-"¿Qué te pasa?¿Estás aburrido?"
- "No, es que no me apetece nada currar"
- "Jjajaja! A mi tampoco me matan las ganas, pero será sencillo y rápido. En día y medio se acabó el hacer de guías" - le contesté mientras me senté en el sofá más cercano del hall.
- "De niñeras, querrás decir"
- "No creo que estar por aquí dando vueltas para informar o echar una mano a unos cuantos adultos que sólo se alojarán una tarde, con su noche y mañana correspondiente sea hacer de niñeras. Además, es voluntario, podrías haber dicho que no."
- "Ya, pero como me dijeron que estabas tú..."
- "Claro, ya tienes a quien te resuelva la papeleta si te agobias, ¿no?"
- "Que no, que no es eso...!"
- "Ya lo sé, qué fácil eres de picar".

Me acerqué hasta el mostrador sin perderle de vista.
Siempre me había parecido que tenía un atractivo especial. Era alto y desgarbado, aunque no excesivamente delgado. Tampoco era excesivamente fuerte. Tenía ojos de niño y lucía una perillita con la que yo le solía tomar el pelo llamándole Don Quijote cuando empezaba a desvariar, que solía ser bastante a menudo.
Me gustaba mucho su cabello negro y espeso, y el sonido de su voz.

Reconozco que, más de una vez estuve a punto de intentar algo con él, pero era tan simple, tan predecible, tan típico y tópico, que, antes de llegar a primera base, ya me había dado el sopor y me había bajado la libido a la altura del dedo meñique del pie derecho. Y es que no puedo con los hombres con tan poco recorrido mental, por muy monos que sean. Por eso seguíamos siendo compañeros de trabajo, colegas, conocidos; y no amantes, ni rolletes; ni siquiera podía considerarse que entre nosotros hubiera una amistad propiamente dicha, aunque nos entendíamos muy bien y había aprecio mutuo.

- "Levántate, están llegando" - le dije.
- "Voy a abrir la puerta".
- "Odio que te marches, pero me encanta ver cómo te vas" - le dije irónicamente.
- "¡Qué capulla eres, jajaja!"- Me respondió con una risotada y una encantadora sonrisa al final.

Como ya había dicho, me daba mucho juego.



2 comentarios:

  1. Sin duda, más divertido que el rollo típico - tópico, y probablemente, más duradero :)

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    1. Sí, te puedes tirar así la vida, mientras el juguete te divierta.

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