jueves, 24 de octubre de 2013

Fría

Habíamos aplazado la cita un par de veces, era algo complicado coordinar agendas, pero, si hay intención, se consigue.

El caso es que llegó él antes que yo y me recibió con un abrazo de oso más efusivo de lo habitual. Yo le respondí a medias. Una tiene su divismo unas veces más acentuado que otras, y las manifestaciones de afecto en público suelen ser contenidas, aunque no por ello menos sentidas.

Le encontré muy bien físicamente, había perdido peso y se estaba poniendo en forma. "Tienes que ponerte las pilas", pensé para mis adentros. Y automáticamente me saltó a la memoria algo que me solía comentar Verónica y que me repateaba. Según ella, instintivamente, competía.
Yo no veo qué hay de malo en competir; pero, en este caso, no era competición, no pretendía estar mejor que nadie, excepto que mi propia persona en ese momento. Sin más.
(Y aquí es cuando ella diría que ya me estaba justificando...Sin comentarios)

Sin embargo anímicamente, le noté algo flojo. Se avecinaban una serie de cambios que se barruntaban hacía tiempo y su estabilidad podía verse comprometida; aunque, en principio, nada hacía presagiar que a él le afectaran directamente esos cambios.

Intenté animarle y ser realista, contarle algo, pero la verdad es que no fui especialmente locuaz esa mañana. Y él tampoco. Y eso era muy raro. No solía pasarnos.
Y lo que ya era más extraño, que los silencios nos incomodaran. Eso sí que era nuevo, impertinente, y molesto.

Aún así le comenté un par de proyectos que me habían ilusionado en los últimos días y volví a ver brillo en su mirada. Me pareció entrañable, pero no me conmovió como solía ocurrir, no me lo contagió. Y esa fue una voz de alarma.

Ya en esa misma semana me había sucedido algo parecido con otro encuentro que se prometía excitante; así que llegué a la conclusión de que soy yo la que estaba fría. Será el tiempo...(total, siempre le echamos la culpa al tiempo de todo, por qué no de esto)

Fuimos hasta la playa. Me dejó guiar y me apetecía ver el mar, lo echaba de menos. Es curioso lo poco que la visito teniéndola tan cerca.
Me trajo memorias de otros tiempos en los que bajaba cada día, hiciera frío o calor, sólo por estar cerca del agua y caminar sobre la arena. Echaba de menos las visitas, pero no los tiempos, sinceramente.

Nos sentamos en la terraza de un bar que suele ser mi punto de encuentro con determinadas personas, y nos pusimos a hablar de pequeñeces.
- Mi calle se está convirtiendo en Europa de Este- le dije.
Me miró divertido.
- Sí, en serio: tengo a los rusos arriba, a los chechenos, a un lado, y a la polaca enfrente. ¿qué te parece?
- ¡Europa del Este, jajaja!
Y nos reímos los dos.

- ¿Qué os pongo?- preguntó el camarero.
- Un White Russian lo veo excesivo para estas horas de la mañana, ¿no?
- Sí, un poco- , me respondió mi amigo.
- Entonces una cerveza sin alcohol. Bien fría. Helada. Como Siberia.
Y nos trajo dos jarras heladas, las cervezas,...y una tapa de ensaladilla rusa.

6 comentarios:

  1. A veces los estados de ánimo cambian así... de repente!
    Besos

    ResponderEliminar
  2. Esta frialdad me parece solo el principio de una explosión (de algún tipo, no necesariamente con estos implicados) jajaja ...o igual no, quien sabe!

    ResponderEliminar
  3. El momento fría como un tempano de hielo... suele marcar el principio del fin (por lo menos en "yo" )

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No siempre tiene por qué ser así. Las relaciones tienen muchos altibajos y, además, a veces es una sencilla cuestión hormonal transitoria ;)

      Eliminar