lunes, 26 de mayo de 2014

Familia

Me ha pasado más de una vez.
Por obra y gracia de alguien más o menos conocido, más o menos allegado, un buen día, entro en contacto con otra persona, hasta ese momento, desconocida para mi. Se establece un vínculo, generalmente en base a una afición o proyecto que se queda en el aire y, poco a poco, ese pequeño círculo de dos, se expande, va entrando gente, a la vez, o en grupos, pero con una corriente entre ellos que parece unirlos.
Y me pregunto qué carajo hago yo allí.

Los veo muy diferentes a mi. No es que me crea mejor que ellos, ojo, es que somos muy distintos. También entre ellos hay diferencias, pero no tan notables. Es como si perteneciéramos a especies, razas y culturas muy diferentes. A veces, incluso planetas. De hecho, me hace mucha gracia imaginarnos como los clientes del bar de Star Wars.

Sé cómo he llegado, pero no entiendo por qué me incluyen en su grupo, por qué me sienten como parte de ese todo que han creado. Pero me gusta estar ahí.
No siempre me aportan mucho, no siempre aporto yo (o eso creo), ni todos nos caemos igual de bien, ni todos los días te cae mejor el mismo, pero la cosa fluye, funciona.

Y me da por pensar en que, en realidad, eso también sucede con la familia.
Si busco una imagen nítida de las dos ramas principales de mi familia de sangre, en realidad, no parezco encajar del todo con ninguna. Es más, el porcentaje de mundo compartido es mínimo. Tan grande o tan pequeño como el de esta familia adoptiva que me he encontrado por el camino. Pero no por ello los siento menos cercanos, al contrario.

En realidad, eso es lo que vamos formando, pequeñas familias de grandes desconocidos que un día se convierten en parte importante de tu mundo. Y tú te integras, no sabes ni cómo, en el suyo. Porque ya no es ni suyo ni tuyo, existe un vuestro, o nuestro, dependiendo de a qué lado del espejo te quieras colocar.
Un mundo donde las diferencias son lo que alimenta al grupo y lo hace cada vez más rico.

Lo importante es encontrar compatibilidades, puntos de apoyo, y dejar de poner el peso en las diferencias.

Para mi, familia, es una palabra mágica que significa que nadie está solo, y eso lo dice la palabra Ohana. 

Hay mucha sabiduría en ciertas palabras de idiomas tan poco conocidos como el hawaiano, que me parece un idioma precioso, tanto a nivel sonoro, como a nivel semántico. 

Y ya me he desviado.
A lo mejor un día profundizo en este tema.
De momento, aloha, ohana!


4 comentarios:

  1. Precisamente, lo especial de muchas familias es su heterogeneidad. Gracias a ella, cada miembro tiene algo que aportar... al fin y al cabo, qué hay más bonito que la variedad?
    Besos

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    1. Totalmente de acuerdo contigo, aunque hay familias más heterogéneas que otras, jaja!

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  2. Me gustan las familias de sangre pero las que no lo son, todavía me gustan más. No en vano...son las que cada uno ha elegido para pertenecer a ellas!
    Aloha, pua ;)

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