martes, 10 de junio de 2014

Amalia

Conocí a Amalia hace 10 años. Exactamente los que había en edad entre ella y yo.
Por aquél entonces, ella estaba empezando a ser mujer, y yo estaba en pleno auge femenino.

Empastamos muy bien desde el principio.
Ella era dulce y amable, generosa hasta puntos en que se perjudicaba a sí misma, inteligente y tenaz, hábil, pero con cierta ingenuidad que, en ocasiones, le dolió ir perdiendo. Y a los demás nos dolería con el paso del tiempo el olvido de ese su dolor, sustituido por frialdad.

Yo no puedo hacer una descripción tan positiva de mi misma por esas fechas. Era enérgica de más, tozuda, hiriente en muchas ocasiones, impaciente e impertinente. Era una harpía con todas las letras.

Como decía, complementábamos bien, y ambas éramos buena influencia para la otra. Suavizábamos los rasgos menos favorables y les dábamos una forma más bonita y más humana. Ella me aportaba calma y yo a ella energía, entre otras cosas.

Pero la vida fue pasando, nos ocurrieron cosas que nos fueron cambiando a nivel personal, y eso se fue reflejando en nuestra relación...para mal, en el último tramo. Un tramo largo que nos costó superar y que nunca nos ha devuelto aquella unión fraternal que tuvimos.

Hubo un punto de inflexión: su relación con Rubén, y mi retirada profesional por asuntos personales y de salud.

Ella se fue volviendo huidiza, esquiva, fría, mentía más de lo habitual, manipulaba sin pestañear para conseguir cualquier capricho que se le ponía por delante, y, cuanto más conseguía, más se retaba a sí misma a conseguir el siguiente, sin haber disfrutado nunca de los triunfos que iba cosechando.
Quizá era su forma de intentar equilibrar la frustración que le originó esa relación y que aún necesitaba encauzar.

Al principio, le avisé de lo que veía, de cómo se comportaba, y, a veces, hasta parecía reaccionar; pero llegó un punto en el que dejé de hacerle de Pepito Grillo. Ninguna de las dos lo necesitábamos. Ninguna de las dos lo quería. A ambas nos parecía agotador. Y se instaló la distancia entre nosotras.

Continuábamos en contacto, pero por mensajes escritos, distanciados en el tiempo, con la información justa. Nos veíamos una vez al año, siempre que yo me desplazara, y manteníamos una relación cordial, pero la complicidad se había perdido, salvo en momentos muy puntuales, donde aún parecían aparecer chispazos de lo que un día fue una relación de hermanas.

Quizá lo siga siendo. Las hermanas no siempre se llevan bien, no siempre se cuentan todo, pero están ahí para lo que haga falta.
Conviven con la forma de ser de la otra, con sus mentiras y trampas incluidas; a veces se las echan en cara, otras no; a veces hablan a diario, otras no; a veces se cuentan cosas, otras no; pero hay un lazo que las une y que las hace caminar juntas, aunque a veces ese lazo apriete, arañe la piel, parezca romperse, o simule que no está.


4 comentarios:

  1. Qué precioso ese párrafo final, y qué certero.
    Un besazo!

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  2. ¿Será que llego la hora de decir un adiós verdadero y guardar esos buenos recuerdos? Habrá que replantearlo.


    Un saludo

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