miércoles, 11 de junio de 2014

La Mujer del Corazón Fluido

Fue una expresión que nos hizo gracia "corazón fluido".
Estábamos cenando en un restaurante japonés, ella quiso pedir postre, y, en uno de ellos, aparecía esta combinación de palabras que nos sacó risas e historias. Y yo pensé "un día escribiré algo con el título La Mujer del Corazón Fluido. Y será sobre ella".
Y aquí está.

Hace ya casi un año desde aquello, y hoy es el momento, porque es un momento alegre. Un momento en el que ves entrar por la puerta a la persona que echabas de menos y que sabías que estaba ahí.

Nada más saludarla, noté el cambio en su energía. No había esa tensión sostenida en su gesto, no daba calambre acercarse, y esa nube de tormenta que la acompañaba siempre había parecido desaparecer.

Por fin la ví alegre, relajada, con planes, con amigas que la cuidaban, con proyectos, y sin tanto moscón cojonero y mareante que lo único que hacía era desgastarla si aportarle más que lo justo y necesario. Y, algunos, ni eso.

Y es que Amalia estaba enamorada del amor. No era una niña tonta que se fuera con el primero que le dijera cuatro monadas, pero era muy mona y los tenía haciendo fila en espera.

No era ñoña, ni blandengue, ni pastelosa; simplemente, le gustaba gustar, le gustaba la ilusión, el juego, el romance (¿y a quién no?)

Pero, igual que un día podía interesarle mucho determinado bandido, a los dos días podía aburrirse de él porque no fuera lo que esperaba, llevaran juegos diferentes, se agobiara, o cualquier otra razón. Y, por eso, el apodo de La Mujer del Corazón Fluido. Tenía mucho amor por repartir, un punto caprichoso, y buen corazón.

Últimamente había topado con mucho tramposo. Mucho vendedor de motos y ella con ganas de comprar. Y luego no había motos, ni compra; pero sí facturas y obligaciones ajenas a las que tuvo que hacer frente y que tuvo que aprender a capear.
Y se dió cuenta, al final, de que no necesitaba esa moto imaginaria. Al menos, no de momento, no con esa persona. Y que tampoco le apetecían monociclos, que son incómodos y algo circenses.

Afortunadamente, lo que parecía un fracaso, se convirtió en uno de sus mayores éxitos. Y, una vez atados los cabos, decidió pasar una temporada en la casa de su niñez, con sus padres, con sus cosas, consigo misma. Y volvió.

Y es que no hay nada como volver a casa.

4 comentarios:

  1. Qué bonito! Hay grandes corazones por ahí, fluidos ...pero no licuados! jajaja
    BESOS!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Fluir es bueno, licuarse...me da que no.
      Besos!

      Eliminar
  2. La amistad, si fue verdadera, siempre vuelve. Sólo hay que intentarlo...
    Besos.

    ResponderEliminar