domingo, 7 de diciembre de 2014

Hombres grises

Hubo un tiempo en el que me gustaban los hombres grises. Y no lo sabía.
No sólo me gustaban. Tenía una especial habilidad para encontrarlos, hacer que se dieran cuenta de mi existencia, e incluirlos de forma íntima en mi vida. Uno tras otro. Tras otro.
Los coleccionaba.

Los hombres grises eran hombres -o proyectos de serlo- políticamente impecables.
Posición social acomodada, estudios superiores, atractivos sin resultar ofensivos, educados, y con una bonita familia que quedaba fenomenal en las fotos y felicitaciones navideñas.

Generalmente, eran personas litúrgicas en cuanto a su forma de proceder en la vida, todo lo hacían con un orden y concierto reglados y normativizados, aceptados y valorados por no destacar del grupo y seguir perpetuando un estilo de vida y un lobby social tácito y ladino para aquellos que no pertenecieran a esta clase.

Los hombres grises eran aquellos que hacían las cosas "como Dios manda", que mantenían su fachada impecable y la trastienda, normalmente, hecha un desastre, donde guardaban cadáveres, lágrimas ajenas, y vergüenzas propias de toda índole.

Esos hombres, con tan buena pinta de entrada, y tan buenas formas al trato, no eran malas personas per sé; simplemente, acataban sin rechistar y si cuestionar las normas del juego que venía heredado de generación en generación de los que lo crearon y que, pocas veces, dejaban descubrir a alguien que, por naturaleza, no intuyera que existían, salvo a cambio de un agujerito en su alma que, con el tiempo, se haría más y más grande, hasta transformarse en un vórtice negro donde sólo existía la nada...y la perfecta representación de la norma.

En ese momento de coleccionismo absurdo no me paraba a pensar en la razón de que me llamara tanto la atención un ser tan opuesto a mi; pero, pasada la fiebre, y analizando el momento, llegué a dos posibles conclusiones.

La primera, es que partimos de la base de que soy optimista por naturaleza. No creía que esos hombres grises fueran malas personas de forma intrínseca. Simplemente, estaban dormidos, y como todo lo que está dormido, cabía la posibilidad de despertarse. De hecho, con algunos conseguí demostrar esta teoría a medias. Y digo a medias porque, cuando vieron los colores, les gustó, pero se asustaron, porque no conocían las normas a seguir en ese nuevo juego. Un juego sin normas. Y cuando alguien sólo sabe caminar con bastón, y quiere ese bastón, y se cree que no es un bastón, sino su pierna, es difícil convencerle de lo contrario. Y se volvieron a dormir, y a ser grises.

La otra, es que, admitámoslo, a veces se me hacía cuesta arriba luchar contracorriente y, por algún pensamiento extraño y errático, pretendía confundir el colorido de mi pelaje escondido tras una capa gris y rígida, rechazar la esencia de lo que era mi base, y conocer ese mundo desde dentro, porque ser yo era muy complicado entre tanto personaje deslavado y pensaba que mi vida sería más sencilla al otro lado.
Pero nunca terminé de cruzar la valla. Igual que ellos no eran capaces de despertar, yo no era capaz de entrar en coma. No quería, y no debía. Algo dentro de mi se rebelaba y me decía que, si yo tenía esas plumas, era porque estaba hecha para volar.

Y un buen día me quitaba la capa, decía adiós a ese hombre gris de turno, y me acabé cansando de ese juego absurdo que sólo me desgastaba y que, además, me hacía perder interés por días.

Poco a poco, los hombres grises fueron desapareciendo de mi radar. Ahora los reconozco, los saludo, y algunos hasta me caen bien. Pero no me apetece tener con ellos nada más allá de una conversación trivial muy de tarde en tarde.

Ahora sólo me interesa la gente de colores.
Soy un arcoiris con patas. Y me gusta serlo.