sábado, 8 de agosto de 2015

Paul

Tenía buena planta. Alto, facciones rectangulares, extremidades largas, fuerte sin parecer un adicto al gimnasio, y con una espalda algo más ancha de lo que correspondería al contorno de sus brazos.

Vestía bien, al menos, mientras estaba de servicio, más allá, aún desconocía ese detalle; y llevaba un corte de pelo pulcro, ni moderno, ni clásico.

Sus ojos eran cálidos, y sus cejas rectas inspiraban confianza. Pero yo desconfiaba sin conocerle, porque me recordaba demasiado a alguien que no me resultó de fiar. Al menos, no en el sentido en el que yo hubiera deseado que lo fuera.

No está bien prejuzgar, pero esa semejanza con Víctor era un arma de doble filo. Mi cabeza iba a más revoluciones de las que era capaz de procesar. Cada juicio se tapaba con una negación que, a su vez, descartaba una nueva idea sobre aquél tipo. Me costó todo el viaje de vuelta el separar a un hombre del otro.

Al fin y al cabo, en ese momento, no sabía ni su nombre, ni tenía idea de volver a ver a aquél chófer tan amable y apuesto por el que sentí una atracción inmediata; en parte, porque era atractivo, en parte, porque me recordaba demasiado a una persona, tan tóxica como venial para mi, que parecía no querer abandonar mi vida.

Más tarde, descubriría semejanzas y diferencias entre ellos, y podría separar a Víctor de Paul, y a Paul de Víctor, y mezclarme entre los dos, a ratos perdida, a ratos hallada.

viernes, 7 de agosto de 2015

Espejismos

Llevaba prisa. Llevaba mucha prisa.
El día comenzaba pronto, y tenía que llegar a tiempo al aeropuerto para facturar.

Me fastidia el hecho de tener que correr y llegar con tanta antelación para, después, estar esperando casi dos horas antes de poder emprender el viaje. Pero así funcionan los aeropuertos, y el contenido de mi maleta no podía ir en el equipaje de mano.

Tras desayunar y ducharme, hice un alarde de campeona de tetris organizando mis enseres, y bajé al vestíbulo.

-"Ha llegado su coche, señorita Marín"- me informó la sonriente recepcionista.
"Esta es nueva", pensé yo. Era la primera vez que coincidía con ella.

Salí decidida a la calle, con esa ceguera que padecemos cuando nos adelantamos al tiempo y vamos planificando mentalmente nuestros pasos. Cuando fijé la vista en el vehículo que me esperaba, me quedé parada en seco.

No me lo podía creer. Creo que mi piel se puso blanca en el momento, y que se me cortó hasta la respiración. ¿Cómo podía haber dos personas tan iguales?¿Por qué, después de tanto tiempo, tenía que venir la vida a darme una bofetada y recordármelo? ¡Estaba fuera de mi vida!¡Yo le había echado!

Cogí aire, le entregué mi maleta al chófer casi sin mirarle a la cara, y entré en el coche.

Me preguntó a qué parte del aeropuerto iba. Intenté explicárselo con mi oxidado nivel de francés, pero él fue más rápido que yo, y, aunque me dijo que hablaba un poquito de español, su habilidad con mi idioma era más fluida que la mía con el suyo, cosa que agradecí.

"No me hagas sentir cómoda, por favor", le rogaba para mis adentros, mientras nos comunicábamos a través de unos ojos que se reflejaban en el retrovisor. "No le vas a volver a ver, tranquila, no hay peligro", me decía otra parte de mi.

Pero esa otra parte se equivocaba, y mucho. Esa no sería la última vez que me encontraría con Paul, sino la primera.

jueves, 6 de agosto de 2015

Re-regresar

Fue como un chispazo, como si se hubiera disparado un resorte, y mis ojos se hubieran abierto de golpe.

No sé si fueron las palabras en sí, o el hecho de no ser consciente de lo que acababa de decir hasta un segundo después de haberlo oído con mi propia voz.

Quizá llevaba demasiado tiempo dormida, y tal vez ni tan siquiera me había dado cuenta de que siguiera estándolo hasta ese momento. Habían pasado tantos días, tantos años, ...tantas cosas, que daba por hecho que mi nuevo yo era así, que mi nueva vida era esa.

Sólo en ese momento me percate de que una leve grieta asomaba en el transparente, aunque algo turbio, seguro cascarón en el que me había refugiado.

A veces, volver al lugar que marca un final, es la mejor forma de recoger el cabo suelto para continuar tejiendo tu propia vida. La que tú quieres, esa en la que participas, arriesgas, y te permites ilusión y pasión.

Pero quizá no fueron solo esas palabras que dije, quizá fueron las de Paul, dándoles pie, tal vez su presencia, su voz, su compañía, su aparición en escena, los artífices de la apertura a una nueva realidad, escondida ante nosotros.

Es curioso cómo la vida te va poniendo en el lugar en el que necesitas estar para reconducirte. Jamás pensé que París, esa ciudad a la que dudaba que fuera a volver, sería la clave de todo.

Ahora que comenzaba a abrir los ojos, ahora que empezaba a conocerla y a sentirme cómoda en ella, sólo me quedaban 8 horas para regresar a casa y decidir qué iba a hacer con todo eso. Y con Paul.

martes, 4 de agosto de 2015

París. Despertares.

Me gusta París.

No me gustó la primera vez que estuve en esta ciudad. Me pareció fría, impersonal, gris, con más cemento del que contiene alma, con demasiadas personas pisoteándola, creyendo conocerla sólo por haber leído sobre ella, por tener clichés por creencias inamovibles cual guías de viajero, sabiendo más que nadie sobre este lugar.

¿Esto es todo? - Pensé.

Me decepciónó. Como decepcionan las personas si sólo te quedas con un detalle, o con lo que te cuentan sobre ella, sin haber cruzado una palabra propia, o habiendo intercambiado sólo un saludo en una recepción.

Sin embargo, más adelante pude conocerla mejor, verla desde otro punto de vista, escuchar sus silencios, dejar de enjuiciar, y creer entender algo mejor sus latidos.

Es una ciudad con un espíritu longevo, que se tuvo que hacer dura para sobrevivir, y cubrirse de cierta superficialidad y distancia por el mismo motivo, pero que guarda memorias y sensibilidad.
París guarda mucho dolor, pero sigue siendo hermosa.

"Como tú" - me sorprendió él.
"Como yo"- me desperté yo.