jueves, 21 de enero de 2016

Gatos Pardos

Mis circunstancias laborales habían cambiado recientemente, y, sin saber muy bien como, me condujeron, de nuevo, a París.

La jornada había sido muy larga.

Tras un día lleno de recepciones, presentaciones, reuniones, y otras "-ones", lo único que me apetecía era descansar, pero el equipo decidió celebrar una cena de despedida, y me animé enseguida.

Subí a mi habitación, me puse un bonito vestido que había echado en la maleta "por si acaso", y bajé dispuesta a disfrutar de una divertida velada con mis compañeras.

Cuando salimos del Bistró, nos estaba esperando aquél chófer que tanto me recordaba a quien no quería ni mencionar.

La charla que mantuvimos durante el trayecto de regreso las tres mujeres que ocupábamos el asiento trasero del coche fue lo suficientemente amena como para distraerme de esa presencia en ausencia, pero no lo suficientemente interesante como para despistarme de aquellos ojos que miraban furtivamente de tanto en cuanto a través del espejo retrovisor, y que yo también buscaba.
No podía evitarlo, el magnetismo que ejercía aquél fantasma del pasado sobre mi, se proyectaba sobre este, hasta ahora, anónimo personaje, con el que me cruzaba por segunda vez.

Llegamos al hotel, nos abrió la puerta, se despidió, y entramos al hotel sin mirar atrás. Una a una, abandonamos el ascensor para dirigirse, cada cual, a su correspondiente habitación.

Lancé los zapatos, me desprendí de mi vestido, me duché, y puse la televisión para ver si me entraba la modorra y Morfeo decidía acompañarme, pero debía de estar muy solicitado, porque no me envió ni un triste wassap.

Tenía el nervio metido en el cuerpo, necesitaba aire, así que me vestí de nuevo, de forma informal esta vez, y bajé a la calle, sin saber muy bien qué era lo que pretendía hacer.
La recepcionista se sorprendió de verme de nuevo, y me preguntó si estaba todo en orden. Le respondí que sí, y que iba a hacer ejercicio. Fue lo primero que se me ocurrió.

Sólo quería salir del hotel, respirar aire de la calle, aunque estuviera incluso más contaminado que el que nos proporcionaba el sistema de ventilación del edificio, pero se me hacían las paredes cada vez más estrechas, y no sabía por qué.
Quería mezclarme en la noche, recuperar mi biorritmo, formar parte de la vida propia de una ciudad cualquiera a esas horas de la noche, anónima, sin formalismos. De noche, todos los gatos son pardos, quería ser uno de esos gatos.

Giré hacia un lateral del hotel, y me paré antes de decidir qué dirección tomar. Todas resultaban igual de buena o mala idea en ese momento. Una voz desconocidamente familiar me sorprendió a mi espalda:
- "¿Fuma usted?"- me preguntó el chófer que nos había traído hacía un rato, mientras me ofrecía un cigarro.

- "No. Y usted tampoco debería hacerlo."- Le respondí de forma cortante y seca. Me había sobresaltado, ¿qué narices hacía por allí?¿No se había ido, o es que había vuelto?¿Y por qué, en cualquiera de los dos casos?

- "Lo sé, es un mal vicio."- dijo con una sonrisa de medio lado mientras encendía el pitillo. Me recordaba tanto a Víctor, tanto...

- "Y, si lo sabes, ¿por qué lo haces?"- Le ataqué directamente, perdiendo la distancia del usted, y retándolo.
- "De algo hay que morir, y entretiene mientras tanto."- Me dijo como el que habla del tiempo.

Odiaba esas respuestas típicas de fumador, no me hacían gracia, así que corté por lo sano.
- "No te lo crees ni tú. Buenas noches."- Le respondí dándole la espalda, y entrando de nuevo en el hotel. Se acabó el paseo.

Regresé a mi habitación, más alterada aún que antes. Me volví a dar una ducha rápida, y, mientras pensaba en lo absurda de la situación, me quedé dormida.
A Morfeo le va la marcha.


4 comentarios:

  1. Algo me dice que ese chófer pretendía algo más que fumar en compañía..., pero ¿dos duchas en tan poco tiempo?... así no ahorramos agua jajaja
    Besos.

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    1. La segunda la dejamos en remojón nada más ;)

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  2. Vaya nochecita. Es lo que tiene fumar. Igual sin esas excusas, otro gallo habría cantado, jajaja
    BESOS!

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