viernes, 22 de julio de 2016

La mujer de la terraza jardín.

Hay terrazas que da gusto ver, balconadas llenas de flores con un gusto exquisito. Son pequeños oasis entre tanto asfalto, tanto grito, tanto ruido, y tanta nube gris, literal o no.

Uno de esos pequeños paraísos floreados crecía muy cerca de mi casa; concretamente, en el edificio de enfrente. Una pequeña, pero enérgica mujer, cuya jornada comenzaba antes de las 6 de la mañana, era su orgullosa propietaria.

Nunca le ví hacer nada en sus macetas, más allá de regarlas de vez en cuando por la noche, cuando baja el calor, para que no se cuezan las raíces -eso me dijo una tarde de verano-. Quizá esas labores de mantenimiento y ornamentación se daban antes de que comenzara el día para mí. Yo suelo tardar más en abrir las persianas de mis ojos. Si sé de su afición al madrugón es porque, por circunstancias, alguna vez coincidimos en horarios (días que empiezan antes, noches que acaban más tarde, o que, simplemente, no acaban)

Me encantaba salir a la terraza, mirar hacia abajo, y encontrarme ese vergel tan bonito y cuidado, con flores tan sencillas como son los geranios. Creo que no los valoramos todo lo que se merecen. Un día hablamos de ellos, si queréis.

Pero un día ese precioso jardín desapareció.
Comenzaron unas interminables obras en el barrio, cuyo plazo de finalización se extiende, y se extiende (ya dudamos de que tenga un final), y esta mujer recogió, una por una, con mimo, con delicadeza, todas sus plantas y flores, vació la terraza, y cerró sus puertas.
La idea era que el cemento que iba a flotar en le aire en nuestra calle por unos 2 meses no matara a sus pequeños y lindos seres vegetales criados con tanto cariño y esmero.

No sé qué hizo con ellos, porque fue entrando el verano, y asumí que se los llevó a algún lugar donde ella veraneara. Siempre tuve la esperanza de verlos asomar de nuevo un día al despertar, pero no ocurrió.

La siguiente vez que se abrieron las puertas de esa terraza, a finales de agosto de ese mismo año, lo único que había era el brazo del sillón que ya estaba allí, unas piernas de mujer que no eran de mi vecina, y un libro. En la terraza, colgando de la barandilla, sólo había una toalla de playa, colgada de forma casi descuidada, como se suele hacer cuando alquilas un piso para tus vacaciones de verano.

Pensé que, quizá, le había cedido la casa a algún familiar, o incluso había decidido sacarle partido a la propiedad alquilándola ese verano, ya que ella no iba a estar. Sin embargo, la terraza, pasadas un par de semanas, se cerró, y ya sólo la había vuelto a ver abierta un par de horas cada X tiempo, supongo que para realizar tareas de limpieza.

Supe que la mujer de esa preciosa terraza jardín no volvería cuando, hará 5 días, un instalador de telefónica trabajaba colocando cables para darle servicio de internet a los que son, ahora mismo, mis nuevos vecinos, una pareja oriental con un niño de unos 8 años.

Desconozco el paradero de mi antigua vecina, si está bien, si vive, o qué fue de sus plantas. Espero que, esté donde esté, sea feliz, y pueda disfrutar de su bonito parterre, tanto o más como lo disfrutaba yo, tanto o más como lo disfrutaba ella.

2 comentarios:

  1. Nostalgia...a veces cogemos cariño a las personas por el simple hecho de observarlas.
    Un besazo!

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    1. Yo le tenía cariño a la terraza. Ahora es un pseudo-saloncito lleno de chinos descamisados. Me gusta más el aspecto de los geranios que el de las panzas orientales al aire, la verdad.

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