martes, 27 de septiembre de 2016

Con salsa agridulce.

No todos los encuentros y reencuentros conducen a buen término. Tampoco conducen, necesariamente, a la discusión.

Me sorprendió verte en aquél ascensor, y más aún, cruzarme de nuevo contigo 1 hora más tarde en un pasillo. Sin noticias tuyas en más de 10 años, y en un día, nos encontramos 2 veces. Tres, si contamos con el mensaje que me dejaste en el teléfono.

La verdad es que me hizo ilusión tener la oportunidad de ponernos al día, y me alegré por tus triunfos, pero algo no encajaba, y estuve toda la noche dándole vueltas a esa coincidencia, y a la nueva cita que me proponías.

Tantas vueltas le dí, que me desperté a tiempo de ver las estrellas antes de amanecer. Lo cierto es que no recordaba que se apreciaran con tanta nitidez desde este lugar, y me alegré del desvelo.

Recordé cómo había sido nuestra relación años atrás, cómo los momentos de conflicto, o del agotamiento que me producía que constantemente tiraras de mí y de mis recursos, fueron fuente de alivio cuando desapareciste de mi vida. Por supuesto que te tenía cariño, y te lo tengo, y te deseo lo mejor del mundo, pero no a mi lado.

Es muy duro decirle adiós a una persona que quieres y que, a su manera, te quiere. No es plato de gusto poner una barrera y separar vuestros caminos de nuevo. Es realmente impactante darte cuenta de que no hay espacio para esa persona en tu vida, y, sobre todo, que no estás dispuesta a crearlo.
Ni tú, ni ella sois las mismas, y tampoco te apetece conocerla, y, mucho menos, que te conozca. Cuando sientes que no quieres más trato con alguien que algo casual, es mejor dejarlo claro cuanto antes; ya sea una relación amistosa, sentimental, o incluso de negocios.
Una cosa es echar un polvo, y otra comprometerse.

No es egoísmo, es supervivencia, pura y dura. De la primera persona que tienes que cuidar es de ti misma, y no todas las relaciones te van a hacer bien, y lo sabes. Si te escuchas, lo sabes.
Todas hemos vivido alguna relación tóxica, y la reconocemos cuando se nos vuelve a cruzar. Si hemos aprendido la lección, claro.

De verdad que te agradezco cada segundo que me has dedicado, y la esperanza en un nuevo viaje juntas. Lamento haberte defraudado, quizá me equivoque, pero no lo creo. La experiencia y las cicatrices me dicen que no, que es un acierto, y que es mejor así para ambas partes.

Me quedo con sabor agridulce. Dulce, por el recuerdo y el cariño de dos personas que vivieron muchas cosas en una etapa importante de sus vidas; agria, por la realidad de quienes somos ahora, y de lo que nos podemos aportar mutuamente. Si el resultado de la suma es negativo, no interesa hacer cuentas.

Sé feliz.
Hasta siempre.