miércoles, 30 de noviembre de 2016

Cuando pude volver, y no quise.

Todos tenemos una historia. En ella, hay un momento clave, una fase que hemos vivido de una forma intensa y especial, que nos hizo grandes y pequeños a un tiempo, que nos marcó tanto que siempre recordamos, se cuela en nuestros sueños, y se torna atemporal, porque ni siquiera piensas en si pasaron años o días desde que tocó a su fin. Siempre está ahí, contigo.

Paro la vida continúa, y, aunque de vez en cuando mires atrás, o ella te toque el hombro para llamar tu atención, sabes que ya no está. A veces, sólo a veces, te gustaría volver a vivir un ratito en ese escenario, pero sabes que la emoción, que la vivencia, no será la misma, porque tú ya no eres la misma persona. Tu mundo ha cambiado, y tú con él.

Lo curioso es que no eres plenamente consciente de esto hasta que, un día, se plasma ante ti una realidad que te permite dar ese salto, volver a hacer aquello que te llenaba, volver a vivir, brevemente, un retal de esa manta de sueños. Sólo entonces te das cuenta de que ya no estás allí, de que ya no eres quien eras, de que ya no quieres lo que querías, y de que prefieres seguir evocando tu recuerdo idealizado a crear una nueva galería de fotos a base de un esfuerzo que, siendo honesta, no te merece la pena.

No puedes bañarte dos veces en el mismo río. No puedes volver al lugar donde fuiste feliz. Pero, quien tuvo, retuvo, y puede seguir soñando.

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