miércoles, 25 de enero de 2017

Viento del Este

Lo primero que me atrajo en él fueron su piel pálida y sus ojos claros, como si del descendiente bastardo de un dios nórdico se tratara, cuya cuna había olvidado, pero la genética lo delatara.

No tenía, ni por asomo, trazas que indicaran un pasado noble, desahogado y altivo. Era muy del montón, incluso a veces pecaba de cojera de clase media que había pasado por dificultades en algún momento de su vida, y que mantenía luchas internas que resolver tan mundanas como cualquier transeúnte.

Me gustaban especialmente su energía, que me hacía sentirme tranquila y me divertía, y la naturalidad con la que exhibía sus cicatrices. Me encantaba recorrerlas una y otra vez. Eran profundas y evidentes, y jamás hacía amago por taparlas, no se avergonzó nunca de ellas.

En algún momento me llegó a decir que se había encontrado quien sentía morbo por ellas, pero no era mi caso. A mí, simplemente, me gustaban, me atraían, como me atrae todo aquello que indica valor y fortaleza.

Me fascina cómo podemos ser tan frágiles y torpes, y rompernos de la peor manera en un momento determinado, y ese gusto por la vida y ese coraje de recomponernos que nos hace aferrarnos a ella, aunque sea creando cuerdas en forma de cicatriz.

En cierto modo, lo que más me gustaba de él es que fue capaz de escapar de la muerte y nunca hacer drama o presumir de ello, aunque llevaba las medallas al aire.

4 comentarios:

  1. Eso es un valiente, y lo demás tonterías.
    Un besazo!

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  2. Escapar de la muerte cambia a las personas, a veces las cicatrices están a la vista y otras no, pero siempre quedan cicatrices permanentes...
    Besos.

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    1. Las cicatrices son las únicas medallas que nos vamos a llevar de este mundo.
      Besos!

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